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Últimamente estoy hasta arriba de cosas que hacer: facultad, prácticas, horas en el hospital, rugby… Tan hasta arriba que tuve que hacer una pausa en Battlestar Galactica porque no tenía tiempo para verla. La pausa, al parecer, va a durar mucho, porque mis amigos de Netflix han decidido quitarla de su catálogo justo cuando he terminado la segunda temporada.

En fin, a lo que íbamos. Yo buscaba una serie que no tuviera un argumento de los que absorben, para poner de fondo mientras hacía cuatro cosas y que no fuera muy larga. Respuesta: Big Mouth.

Creo que con la brevísima introducción que he hecho de la serie lo he dicho casi todo. Big Mouth es una serie animada de Netflix, creada por Nick Kroll, Andrew Goldberg, Mark Levin y Jennifer Flackett, que narra la adolescencia de los propios Kroll y Goldberg. Los capítulos tratan temas desde la perspectiva de unos chavales que empiezan a sufrir los cambios típicos de la edad, desde el sexo, la masturbación, la menstruación, los cambios corporales, más masturbación, el descubrimiento del porno, ¿he dicho ya masturbación?

Aunque la serie tiene dos claros protagonistas (Nick y Andrew), también nos cuenta cosas desde el punto de vista de las chicas; no obstante de un modo un poco menos relevante. La gracia del argumento es que desde el momento en el que entran en la pubertad, aparecen en sus vidas unos seres a los que llaman “monstruos de las hormonas”. Estos monstruos son las representaciones de la adolescencia de cada uno, personajes con los que hablan y que les hacen sentir y pensar cosas que de otro modo se hacen inexplicables. Vamos, que le dan la explicación a la pregunta “¿en qué piensan los adolescentes?”.

Aparecen también fantasmas, como el de Duke Ellington, padres de todos los tipos, el estereotipo del amigo gay; personajes cabrones y otros inocentones, un profesor de educación física analfabeto y genitales que hablan. Hay para todos los gustos.

Bien, la serie cumplió mis expectativas: unas risas aisladas, poder trabajar mientras la tenía de fondo y que eso no supusiera un problema, humor absurdo y capítulos de menos de treinta minutos. Si vas con esas expectativas y le prestas la suficiente atención puede que hasta te lleves una verdadera sorpresa.

Por Twitter la gente no tuvo la misma impresión que yo, tal vez porque estamos viviendo una nueva época dorada de las series de animación y se esperan grandes cosas de cualquiera que vaya dirigida a un público más o menos adulto.

He de decir que ni mucho menos es una buena o una gran serie. Ni de coña. Tened en cuenta que se mencionan más veces las palabras “polla” y “follar” por minuto que respiraciones tiene una persona normal (de 8 a 16 en un adulto en reposo, ya sabéis algo nuevo). Puedes llegar a sentirte incómodo debido a la cantidad de veces que se masturban, a las cosas que piensan para hacerlo o a las situaciones tan locas que se llegan a dar.

La pregunta es, ¿la recomiendo? Sí y no.

Sí, porque, aunque no es el humor hecho serie, alguna risa cae seguro. No, porque si lo que quieres es pasarte media hora tranquilamente viendo Netflix hay muchas cosas mejores que ver.

Por ahora no se sabe si va a haber segunda temporada. Seguramente la haya porque quedan bastantes temas por tratar y asuntos que resolver de esta primera.

Y hasta aquí la reseña de hoy. ¿Qué os ha parecido a vosotros? ¿La habéis visto ya o este post va a ser lo que os anime a verla? ¿Os habéis sentido identificados de algún modo? Dicho esto, ¡hasta la próxima!