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Cuando Otto von Utter leyó el anuncio en el diario no pudo creer que existiese semejante oportunidad. Cuando vio la ingente cola de desarrapados, indigentes, borrachos, vagabundos y mendigos que serpenteaba a la sombra de la siniestra nave, en el polígono industrial de Dayton, Ohio, con un ejemplar del mismo periódico bajo el brazo, sintió que le invadía el desánimo.

Cuando cuatro horas más tarde era aceptado en el programa de enriquecimiento por plomo, una leve sonrisa se dibujó en su habitualmente impávido rostro.

Al fin había encontrado un trabajo a su medida. Veinte dólares a la semana eran una pequeña fortuna para aquella época. Además, había que añadir alojamiento y manutención. Y todo por no hacer absolutamente nada.

-Bienvenidos -anunció Thomas Midgley, ingeniero de la compañía que les había contratado-. Les informo de que trabajan para la Ethyl Corporation, empresa subsidiaria de la General Motors. En las próximas semanas…

Otto había dejado de escuchar desde la segunda palabra . Con su insuperable indiferencia, soportó el interminable discurso de Midgley, fingiendo un interés para el que no estaba capacitado como ser humano.

-¿Alguna pregunta?

Parecía que la charla del ingeniero había llegado a su fin. Los esperpentos se miraron incómodamente, hasta que Midgley prosiguió.

-Van a contribuir ustedes a la ciencia. Van a ser de un incalculable valor para nuestra sociedad y para nuestra compañía. Van a demostrar que el plomo no tuvo nada que ver con esas muertes.

Los días que siguieron a la charla de Midgley constituyeron una de las épocas más felices en la vida de Otto. Acostumbrado a padecer todo tipo de avatares y adversidades, decidió disfrutar de ese pequeño remanso de paz como correspondía. Tres veces al día les encerraban durante cuatro minutos en una habitación llena de humo y la comida tenía un peculiar sabor metálico. Nada que Otto no pudiese disfrutar. El resto del tiempo el trabajo consistía en no hacer nada.

Una noche, viendo la televisión, todos se sorprendieron ante la aparición en la pequeña pantalla del ingeniero que les había dado la charla en su primer día de trabajo. Delante de una nube de periodistas, Midgley se frotó las manos en un extraño líquido y sostuvo un tubo de ensayo debajo de su nariz durante un minuto, inhalando el humo que despedía. Después anunciaron las noticias del tiempo. Iba a volver a llover en Dayton.

Todo transcurría idílicamente hasta que Otto empezó a sentirse indispuesto. Unos pequeños mareos, acompañados de unas extrañas convulsiones aconsejaron que lo visitase el doctor. Éste recomendó su rápido ingreso hospitalario. Otto no se preocupó, ya que su contrato incluía seguro médico.

No le ingresaron en un hospital, sino en una pequeña clínica, perteneciente a la Ethyl Corporation. Para sorpresa de Otto, Thomas Midgley, ataviado con una ridícula bata de hospital, ocupaba la segunda cama de la habitación que le habían asignado. Presentaba los mismos síntomas que Otto.

A pesar de la reticencia inicial del ingeniero, la peculiar filosofía vital de Otto von Utter, una mezcla de hedonismo pasivo, ascetismo físico e indiferencia global, consiguió que en poco tiempo surgiera entre ambos una gran amistad, que regaban a escondidas de los médicos con unas cervezas que les proporcionaba uno de los enfermeros, también cautivado por el singular carácter de Otto.

-No sabíamos que al introducir plomo en la gasolina se producirían estos efectos. Sólo queríamos eliminar el problema de la trepidación. Y lo conseguimos. No sabes la cantidad de dinero que se ha ahorrado la General Motors desde entonces…

Las charlas nocturnas de Midgley eran interminables, pero Otto las escuchaba con calma, entre trago y trago de cerveza.

Al cabo de un mes, los dos enfermos empezaron a sentirse mejor. Midgley mantuvo innumerables reuniones con los médicos, a las que Otto asistía como si fuese un mueble más en la pequeña habitación doble de la clínica. Midgley siempre las terminaba frustrado:

-¡Tiene que haber alguna manera en que podamos venderlo! -gruñía enfadado

-La sangre y los huesos presentan contaminación por metales pesados -respondían los médicos-. En todos los casos.

Thomas Midgley pasaba horas refunfuñando, hasta que las cervezas nocturnas volvían a apaciguarlo.

Una mañana, unos segundos antes de la enésima reunión con los médicos, Midgley se encontraba inusitadamente feliz.

-Tengo la respuesta, Otto. La tengo.

Los médicos llegaron puntualmente. Antes de que pudieran decir palabra, el ingeniero se les adelantó:

-Siempre mencionáis la sangre y los huesos. ¿Qué hay de las heces y la orina?

-Ningún patólogo químico se conformaría con esos análisis -replicó el jefe del gabinete médico.

-No has respondido a mi pregunta.

-Están limpios, lo que significa que el plomo se queda en el cuerpo, ningún experto en patología…

-Buscaremos alguien que no sea experto -sentenció Midgley con una sonrisa feroz.

Dos semanas después, los dos amigos recibieron el alta. Todavía se cansaban al andar, pero podían seguir la convalecencia en casa. Se despidieron con una sonrisa. Otto observó al joven ingeniero mientras se alejaba, leyendo el periódico por décima vez aquella mañana. La noticia del día no podía ser mejor para él: un riguroso estudio médico confirmaba la inocuidad del plomo para el ser humano, los análisis de heces y orina realizados durante meses a un grupo de indigentes estaban perfectamente limpios.

Nadie iba a preocuparse por quién había pagado ese estudio. Otto tampoco.

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Sobre El Autor

Antiguamente, espadero de gran renombre. Tras sobrevivir a una muerte casi segura por herida de arma blanca, se pasó veinte años buscando a su hijo Iñigo, que le creía muerto. El encuentro no fue como había esperado. Iñigo había dedicado su vida a vengarle, repitiendo una frase que se hizo muy célebre, que aludía al supuesto fallecimiento de Domingo. Tras conseguir la ansiada venganza, Iñigo había adoptado otra personalidad y se dedicaba a la piratería, profesión en la que al fin había encontrado la estabilidad económica, la realización personal y el reconocimiento social. Domingo, no queriendo la desgracia de su hijo y que se convirtiera en el mayor mentiroso de la historia, decidió desaparecer antes de que Iñigo le reconociera y consagró los años que le quedaban al estudio y a la reflexión. Así descubrió una figura clave en el mundo de la Ciencia, Otto von Utter, desconocido personaje de importancia capital en el desarrollo científico de nuestra sociedad. Domingo nos desvelará la participación y la interacción de Otto con los principales científicos del mundo. Es posible que también nos cuente otras cosas, porque desde sus tiempos de espadero es propenso a la divagación y al circunloquio. Podéis seguirle en la cuenta @domingo_montoya , y ver como un espadero toledano se defiende en twitter.

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