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Pues tengo la sensación de haberme quedado solo. Me pasó levemente en mi infructuosa campaña en contra del estreno de esta película. Y, ahora, tras el visionado general, el sentimiento de soledad se acrecienta, leyendo las aduladoras críticas y escuchando los maravillados comentarios de la mayoría de mis amigos y conocidos que ya la han disfrutado.

Se me puede acusar, con razón, de predisposición negativa. Una película como Blade Runner, en mi opinión, no debería tener continuación de ninguna manera. A mi modesto entender, hablamos de un clásico del cine y una de las mejores, si no la mejor, película de ciencia ficción de la historia. No me voy a extender comentándola, ya que considero que todo el mundo la ha visto (y si no, ya estáis tardando) y sabe de lo que hablo. Hacerle una secuela 35 años después entra en la categoría de herejía suprema, pero la pasta es la pasta. Ya he comentado en otros posts que espero que lo siguiente no sea resucitar a Rains y Bogart, con ayuda del funesto CGI, para explicarnos la bonita amistad que surgió en aquel aeropuerto de Casablanca (que seguro que tendría tintes homosexuales, por mor de la vomitiva corrección política que impera en nuestros tiempos).

Es una historia perfectamente cerrada, que deja los interrogantes que pretende. Las respuestas a esas cuestiones son patrimonio del espectador, no de los sacadolares de Hollywood. Ergo desde aquí reniego de todas las explicaciones que nos da la innecesaria secuela. Quien quiera comprarles el desarrollo de la sociedad durante esos treinta años en la ficción, la integración de los replicantes en la misma o la verdadera naturaleza de Rick Deckard es libre de hacerlo. ¡Pero no en mi nombre!

Tras estas líneas, espero que haya quedado claro por qué hablaba de predisposición negativa al principio del artículo. Sin embargo, cuando llegué al cine el domingo de la semana pasada, lo hice con talante sosegado, dispuesto, como hombre fácil para todo lo que huela a ciencia ficción, a dejarme seducir por lo que propusiera el sobrevalorado Villeneuve, a poco que dejase de lado su plúmbea y hueca transcendencia (ya sé que suena paradójico, pero observad “La Llegada” para que entendáis a qué me refiero).

La película empieza muy bien. Homenaje a la original, anticipando un apabullante despliegue visual, que continuará durante todo su desmedido metraje. Un único inconveniente inicial, la banda sonora no acompaña al maravilloso espectáculo que asombra a nuestros ojos. O no lo hace de la manera hipnótica y poética con la que Vangelis envolvió el mundo pergeñado por la portentosa (en aquellos tiempos) imaginación de Ridley Scott. Y aquí nace el primer problema serio de la secuela, que crece a lo largo de los minutos iniciales junto a su pretenciosidad.

Cada plano parece una fotografía y el director se recrea en los mismos, ralentizando hasta el aburrimiento, la puesta en marcha de la trama de Blade Runner 2049. Una trama que no está mal, salvo por pequeños matices, pero que no necesita de casi tres horas para desarrollarse adecuadamente. Quizás con otra banda sonora más evocadora que machacona, el efecto habría podido conseguirse. O posiblemente no y lo mejor habría sido que la historia fluyese con algo más de ritmo y no se viese frenada por esta autocomplacencia onanista. Y conste que me parecen geniales las historias que se cuecen a fuego lento (al contrario que la sopa de ajo de Sapper Morton al inicio de la película, un atentado contra las mínimas normas gastronómicas, aunque, ¿qué puede saber un pobre replicante de nuestro excelso recetario?). Pero en el caso de Blade Runner 2049, una buena dosis de tijera en post producción le habría venido genial (una hipotética versión reducida de ciento veinte minutos, o menos, tendría todos mis parabienes).

Superado el sopor inicial, la película va ganando empaque, aunque sólo consigo conectar con los personajes interpretados por Ryan Gosling y, sobre todo, la excelsa Ana de Armas. El resto del casting me deja frío, a pesar de contar con mi admirada Robin Wright, que hace un papel correcto, pero no consigue que la teniente Joshi escape del molde con el que parece que la han diseñado (porque elaborado sería decir demasiado). Aquí falla, como en tantas películas últimamente, la mano de los guionistas. Me resulta asombroso que haya tanto dinero para crear semejante espectáculo visual y tan poco (ya no sé si es cuestión de dinero o de interés) en desarrollar unos personajes mínimamente creíbles con los que poder empatizar, aunque sólo sea en el momento de sus muertes. Pero la película nos ofrece un desfile de personajes sin alma, quizás haciendo homenaje al industrial diseño de los replicantes que la protagonizan.

Un punto a favor de Villeneuve es que haga esperar la entrada en escena de Harrison Ford, por mucho que no le compremos la reinterpretación de su personaje (no quiero hacer spoilers). Eso sí, consigue que ese clímax de la película se vea reducido por la pretenciosa y confusa escena de su encuentro con K, Elvis Prestley mediante. No tengo nada en contra de los homenajes a los grandes del cine (aunque me pregunto si Orson Welles no se sentiría más plagiado que homenajeado), pero hay que saber elegir los momentos. El regreso de Rick Deckard a la acción después de tanto tiempo no merecía este tipo de distracciones.

Curiosamente, con la llegada de Ford a la pantalla, se produce un doble efecto en la película. La emoción aumenta, pero los acontecimientos se precipitan y la historia tan artificiosamente montada se empieza a desmoronar. El diálogo entre los protagonistas de las dos películas también nos deja un sabor agridulce. Por un lado tiene alguno de los mejores momentos del film, de la mano de un estupendo Harrison Ford, y por otro nos deja con la miel en los labios inopinadamente. Es cierto que no se puede contar todo si quieres sorprender con el siguiente giro de guion, pero argumentalmente es un coitus interruptus que tiene difícil justificación.  

Y, como apuntaba antes, la película, hasta aquí bastante correcta, se derrumba. Todo lo que ha sido lentitud y sosiego se convierte en precipitación hacia un forzado final repleto de lagunas argumentales, con una sonrojante  persecución y pelea, una rebelión replicante muy mal contada y un malvado digno de la peor película de súper héroes que podáis imaginar. Antes os hablaba de los personajes sin alma. Ojalá este fuese el problema aquí. Cutre, patético, incongruente… por decir algo. ¿Y qué necesidad tenía una continuación de Blade Runner de tener un “Malo” para empezar? En mi opinión esta es la peor decisión de la película. ¿Quién es el villano de Blade Runner? ¿Batty? ¿Tyrell? ¿Deckard? No os preocupéis, Blade Runner 2049 no os va a dejar con esa duda, desgraciadamente.

El nevado último guiño a la escena más memorable de la original me saca una sonrisa agradecida y casi consigue hacerme olvidar la sensación de que la película no puede acabar así, que Wallace no debería tener ningún problema en descubrir lo que realmente ha pasado con Deckard, que la supuesta rebelión replicante tampoco y que después de 163 minutazos la historia que pretenden contarnos dista mucho de estar verdaderamente cerrada.

Lo bueno es que esas preguntas me importan un pimiento. Aunque también iré a ver Blade Runner 2051 (así somos los fans de la Scifi…).

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Sobre El Autor

Antiguamente, espadero de gran renombre. Tras sobrevivir a una muerte casi segura por herida de arma blanca, se pasó veinte años buscando a su hijo Iñigo, que le creía muerto. El encuentro no fue como había esperado. Iñigo había dedicado su vida a vengarle, repitiendo una frase que se hizo muy célebre, que aludía al supuesto fallecimiento de Domingo. Tras conseguir la ansiada venganza, Iñigo había adoptado otra personalidad y se dedicaba a la piratería, profesión en la que al fin había encontrado la estabilidad económica, la realización personal y el reconocimiento social. Domingo, no queriendo la desgracia de su hijo y que se convirtiera en el mayor mentiroso de la historia, decidió desaparecer antes de que Iñigo le reconociera y consagró los años que le quedaban al estudio y a la reflexión. Así descubrió una figura clave en el mundo de la Ciencia, Otto von Utter, desconocido personaje de importancia capital en el desarrollo científico de nuestra sociedad. Domingo nos desvelará la participación y la interacción de Otto con los principales científicos del mundo. Es posible que también nos cuente otras cosas, porque desde sus tiempos de espadero es propenso a la divagación y al circunloquio. Podéis seguirle en la cuenta @domingo_montoya , y ver como un espadero toledano se defiende en twitter.

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