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“Cuando eres un poco raro quieres ser normal, pero cuando eres muy raro aspiras a que te lo reconozcan.” Neil Harbisson.

El 23 de octubre del año 2012 a las 20:14 horas vi por vez primera a un ciborg cara a cara.

Aquí es donde me gustaría poder contaros que, en aquel momento, se acercó a mí apartando a la gente a empellones mientras sacaba una magnum con mira láser y me encañonaba (todo ello a cámara lenta) para, acto seguido, recibir un disparo de escopeta recortada en el pecho por parte de una musculosa y sudada Sarah Connor (encarnada, cómo no, por Linda Hamilton) que, urgiéndome a subir en su Jeep, me informaría de que entre Terminator 1 y 2 se dio cuenta de que se había hecho un lío con la fecha de sus últimas reglas y, por una serie de pesquisas que no venían ahora al caso, había llegado a la conclusión de que yo estaba destinado a engendrar a su hijo John, futuro salvador de la humanidad, para lo cual había reservado una habitación con nombre falso en un motel de carretera.

Pero no puedo. Lo cierto es que, mientras iba a tomarme unos vinos por un popular barrio de Barcelona, me encontré casualmente a un tipo llamado Neil Harbisson, un “artista contemporáneo y activista ciborg” (según sus propias palabras) al que había visto alguna vez en televisión. El muchacho padece acromatopsia, un tipo de ceguera total al color (bastante más severa que el daltonismo, que sólo es parcial) y hace unos años se instaló un dispositivo llamado Eyeborg, que consiste en una cámara que recoge los colores y los transforma en ondas sonoras de diversas frecuencias. Vamos, que Neil oye los colores como si fueran notas musicales. Lo particular del asunto es que Harbisson no escucha las notas a través de unos auriculares, sino que se ha instalado el Eyeborg a presión en la base del cráneo de modo que el sonido reverbera directamente en el hueso, desde donde se transmite hacia su aparato auditivo. Además tiene previsto modificarlo atravesando el hueso e introduciendo tornillos directamente en la caja craneal.

Estas particulares características del aparato, según él, determinan que no deba ser considerado un accesorio, sino una parte de su cuerpo, y le llevaron en 2004 a solicitar ser considerado un ciborg (el primero de la historia, de hecho) por el gobierno británico, estatus que figura en su pasaporte. En palabras del propio Harbisson: “No es la unión entre el Eyeborg y mi cabeza lo que me convierte en ciborg, sino la unión entre el software y mi cerebro.”

Todo esto no es que me lo contara el muchacho a mí, bastantes entrevistas ha hecho ya el hombre (aparte de que yo no soy periodista); de hecho, estaba tranquilamente sentado detrás de un escaparate con su ordenador portátil mirando sus cosillas de ciborg, supongo, y yo tampoco entré a preguntarle por la “Cyborg Foundation” que se ha montado en Mataró, “una organización internacional para ayudar los humanos a convertirse en ciborgs […]creada como respuesta a la multitud de cartas y correos electrónicos recibidos de personas interesadas en convertirse en ciborg […] cuyos principales objetivos son extender los sentidos y las capacidades humanas creando y aplicando extensiones cibernéticas en el cuerpo, promover el uso de la cibernética en eventos culturales y defender los derechos de los ciborgs”, según reza Wikipedia.

Si pensabais que yo me monto películas con el tema, ¿qué me decís de esto?

Lo cierto es que Harbisson ha colaborado en seminarios de enseñanza del sentido del color a niños ciegos y ha donado Eyeborgs a alguna asociación de invidentes, y en sí mismo es un pionero en la exploración de las implicaciones sociales y legales del uso de prótesis electrónicas. Además, como ha señalado en alguna entrevista (elpais.com, 15/01/2012), está más interesado en los proyectos orientados a extender las capacidades sensoriales que poseemos o incluso crear otras nuevas, como sería su caso o el de su pareja, Moon Ribas, que lleva unos “pendientes Radar” que detectan la velocidad de los objetos que se mueven frente a ella y se la transmiten por medio de pequeñas descargas eléctricas en las orejillas. ¿No mataríais por iros de puente con estos dos?

El uso de dispositivos electrónicos protésicos no es nuevo, desde los primeros implantes cocleares para sordos hasta las prótesis de extremidades (sobre todo superiores). Destaca en este aspecto el trabajo de William Dobelle un científico que lleva desde los 70 trabajando con pacientes con ceguera adquirida (no congénita), a los que mediante la implantación de electrodos en el córtex visual ha conseguido provocar “fosfenos”, sensaciones visuales parecidas a un cielo nocturno estrellado, que en el más reciente de sus éxitos permitieron a uno de estos pacientes conducir un coche, despacito, supongo.

Los mismos usuarios de marcapasos podrían ser calificados de ciborgs en teoría, ya que estos sustituyen una función perdida del organismo (en este caso, déficits en el sistema de conducción eléctrica del corazón). Sin embargo, no se nos ocurre pensar en ellos como ciborgs. ¿Cuál sería la diferencia entonces? Harbisson nos dio la pista cuando hablaba de la unión del software y su cerebro. La clave aquí es la interfaz que se establece entre el dispositivo protésico y el organismo del usuario. Según él, un ciborg es aquel que usa la cibernética como parte de su cuerpo, de tal modo que entre la parte artificial y la natural acaban creándose redes neuronales.

Tomemos el caso de un brazo robótico, uno de los dispositivos más usados. Un primer modelo con una interfaz muy simple podría ser un brazo mecánico cuyos dedos se abren y cierran en pinza accionados mediante cables, por efecto del movimiento de las partes que restan del brazo. En este caso hablaríamos de una interfaz de “bajo nivel” (el término es mío, qué pasa).

Modelos más avanzados, en uso desde mediados de los 60, emplean señales mioeléctricas de las terminaciones nerviosas de los músculos del muñón para activar los mecanismos de prensión y rotación de la mano artificial. La interfaz, en este caso, sería de un “nivel medio”, ya que la unión del dispositivo y el organismo es más íntima y requiere una adaptación de las estructuras biológicas a las artificiales, así como un aprendizaje por parte del sujeto para que las señales de salida consigan los efectos deseados (lo que implica un cambio a nivel cerebral, al menos funcional). Recientes avances en este campo han conseguido incluso conectar sensores de presión o temperatura a nervios sensitivos que han sido “redireccionados”, de modo que el paciente sea capaz de percibir estos estímulos.

Por último, un mecanismo con una interfaz de “nivel alto” sería aquel que recogiese las señales directamente del sistema nervioso central. Esto requeriría una traducción de señales eléctricas cerebrales (se ha intentado con señales recogidas por electrodos cerebrales externos, así como con una interfaz interna directamente implantada en la corteza cerebral).

El bueno de Harbisson, como los pacientes del mencionado Dobelle, estaría en un nivel medio-alto, en sus propias palabras: “Yo tengo dos entradas de audio: las orejas, por las que escucho los sonidos auditivos, y los huesos del cráneo, por los que escucho los sonidos visuales”.

Comprenderéis ahora que para un gran adicto a la ficción especulativa constituya un hito el encontrarse con un representante genuino de una categoría que ha dado tan interesantes frutos en cine, libros y cómics. Un día estás copiándote un juego de commodore 64 pegando el altavoz y el micrófono de 2 radiocassetes y cuando te quieres dar cuenta han pasado no tantos años y estás compartiendo con una comunidad virtual global tus encuentros con personas mejoradas cibernéticamente…

Espero que lo siguiente no sea luchar por mi vida en un mundo post-apocalíptico a lo Mad Max porque, sinceramente, lo que es pelazo no me queda, y los pantalones de cuero apretados me escalfan los testículos.