La octava maravilla

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Gracias a alguien muy especial, cuyos innumerables saberes me han hecho la persona que soy hoy en día, llegué a adorar a ese monstruo robotizado y peludo que luchaba contra dinosaurios y escalaba edificios. Pero sobretodo aprendí la grandiosidad del mundo animal, básico e instintivo a la par que hipnotizante, frente al salvajismo egoísta de la avaricia humana. Este viaje en el tiempo, de la mano del simio más grande de la historia del cine, es mi humilde homenaje para alguien se podría haber batido en duelo con la bestia por el tamaño de su corazón.

Era yo aún una tierna e inocente criatura cuando comenzó a perfilarse una costumbre que marcaría mis inicios en el séptimo arte. En esas aburridas reuniones familiares, donde los niños son relegados a un segundo plano y sumergidos en un universo paralelo de distracción, mientras los adultos tratan temas de estado, una persona con luz propia decidió sacar el VHS de King Kong (1933) y colocarme frente al televisor con un plato de patatas sabor jamón.

Ante la indiferencia e incomprensión de los presentes en la sala, dada mi prematura edad, me sumergí por completo en una historia única cuya narrativa me cautivó igual que la belleza a la bestia. Aunque es cierto que Peter Jackson obró verdadera magia con su versión de 2005, la cinta original mantiene un aire nostálgico que me impregnó marcando mi amor por el cine clásico.

Con la llegada a la Isla Calavera el plato de patatas de iba vaciando gradualmente, hasta que por fin apareció. Respondiendo a la llamada de un sacrificio, entre el movimiento de los árboles, vi por primera vez el rostro casi de chiste de King Kong. Un muñeco de ojos locos que se mueve en un stopmotion de lo más arcaico, pero que por algún motivo me provoca una mezcla de ternura y horror. Esa sensación se apoderó de mí y no volví a comer una sola patata en toda la película.

Cuando sus gigantescas manos atraparon a la delicada y desmayada mujer, mis ojos atravesaron la sala buscando el consuelo de alguien. Mi ángel de la guarda estaba sonriendo desde un rincón viendo como disfrutaba de la película. Recuerdo que en ese momento lo primero que pensé es: “de acuerdo, el bicho gigante peludo es el malo, ojalá lo maten”. ¡Ay la inocencia, qué rápido lancé aquel juicio de valor!

Sobrecogida por el miedo (la protagonista y yo), usando trucos y artimañas,  logra zafarse de su abrazo protector y huir de su guarida. Pero dentro de aquel vasto e inexplorado mundo, Kong no es el único peligro. Entra en escena un T-Rex que automáticamente añade al menú un toque rubio. Finalmente, cuando parece que todo está perdido, aparece nuestro ángel peludo y comienza una batalla por su bien más preciado. La balanza se inclina automáticamente y una sonrisa enorme se instaura en mi rostro. Soy del Team Kong. Tras una pelea con momentos de pura tensión, vuelto a soltar aire y la mano de héroe, mi simio favorito está herido pero ha ganado.

No me importaba que la película no tuviera color, y que apenas hubiera diálogo, esa parte entre el simio y la dama me pareció algo único. Con sus enormes ojos y sus gestos bastos y delicados, transmitía cualquier tipo de sentimiento elevado a la máxima potencia. Desde la indiferencia a la sobreprotección, como si de un tesoro de incalculable valor se tratara, la gran e imponente figura experimentaba el amor de un niño con su juguete nuevo. Pero había algo más, la incesante necesidad de cuidarlo, de atesorar aquel contacto.

Mientras me enamoro perdidamente de una historia cuyas emociones van más allá de las palabras, en la densidad de la isla se va fraguando un plan cruel para sacar a Kong de su hábitat y explotarlo para el beneficio de unos pocos. Definitivamente estaba equivocada, los malos en esta película son las personas. El momento en el que logran drogarle, poniendo como cebo a su preciosa joya rubia, me pareció uno de los más tristes.

Kong es torturado en público, despojado de su dominio y arrebatado de aquella figura que consiguió hechizarle. Su temperamento más animal resuena en su interior, enfrentándose y derrotando a la impotencia, consigue zafarse de las cadenas que inútilmente pretendían contenerle. Ante el horror de la población (que se jodan! Perdón), nuestro simio encuentra su talón de Aquiles y se escabulle. Escalando a su perdición por el Empire State, aunque aquel no es su mundo queda patente que él es el Rey. Un final impresionante y trágico que te sumerge en una lógica animal con la que empatizas desde el primer momento.

"No fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia"

Aunque esa primera versión supuso una leyenda de historia y técnica, no tardaron en llegarle secuelas. Ese mismo año vio la luz El hijo de Kong que abraza la idea de la descendencia del gigante, y empezó la carrera fílmica de Kong. Entre la larga lista de remakes, destacó otro en el tiempo (su fama no llegaría a hacer sombra a la original) en 1976, cuya protagonista fue la deslumbrante Jessica Lange. Podemos encontrar además múltiples películas de todo tipo de géneros hasta la más esperpéntica King Kong VS Godzilla.

Ninguna de ellas tuvo el poder electrizante de su original. Cuando parecía que habíamos dicho el adiós definitivo a la criatura más grande del cine, habiendo quemado sus ya olvidados decorados (tuvieron su momento de gloria final protagonizando el incendio de Lo que el viento se llevó), un barbudo con predilección por la Tierra Media consigue lo imposible. Había aportado un toque humanizado a la bestia, haciendo crecer la triste historia de idealización romántica que te envuelve en una utopía, calándote con solo mirar aquel rostro animal.

Mezclando planos exactamente idénticos con alguna licencia creativa (el momento Central Park es de mis favoritos, un dulce respiro antes del desenlace), y vistiendo de mono a Gollum (Andy Serkis es un mago de la técnica), me sentí de nuevo frente a esos ojos que me habían entristecido años atrás, añorando el sabor de patatas de jamón mientras me adentraba de nuevo en la historia animal más humana que había visto.

 

Recuerdo que aquella primera vez lloré como si hubieran matado a mi más preciado osito de peluche. Mi ángel de la guarda me abrazó y me consoló, y automáticamente se convirtió en una tradición: cada que vez que visitaba a mi abuelo, me esperaba con un plato de patatas sabor jamón y la cinta de King Kong preparada. Esa tarde se convirtió en uno de mis recuerdos favoritos.

Estés donde estés, siempre serás mi octava maravilla. Feliz cumpleaños.

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Erio!

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