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Hace un par de meses viví una peculiar polémica que se desarrolló en un centro educativo de nuestra geografía, cuando los alumnos de una clase del mismo decidieron colocar una imagen de Felipe VI coronando su aula. Se produjo un interesante debate sobre la conveniencia del homenaje a nuestro monarca y algunos alumnos de mi tutoría me sugirieron seguir el ejemplo de sus compañeros. Yo me negué cordialmente (prometo que no fue porque tuviese acceso privilegiado a su discurso de Navidad).

Una alumna sugirió que escondía motivos republicanos para no hacerlo. A lo que respondí que no había nadie más monárquico que yo en el aula, pero que la imagen de mi rey podía no ser adecuada en la misma. Les confesé que era súbdito de Gondor y que mi rey era Aragorn II, hijo de Arathorn, heredero del hijo de Isildur, hijo de Elendil. La polémica quedó definitivamente zanjada.

Es la única forma en que un republicano convencido puede convivir con la monarquía. Pero mi vinculación con la realeza tiene otra faceta, más allá de la que refiere a los descendientes de Eärendil. La Princesa republicana por excelencia, nuestra querida Leia, que hoy nos ha dejado. Porque para mí, y que me disculpe la familia Fisher, a la que envío mis más sinceras condolencias, el personaje real era Leia, que fingía ser una estrella atormentada en el imaginario mundo de Hollywood. No voy a hablaros de Carrie, ni de su irregular carrera como intérprete. Me quedo con la Princesa.

Reconozco que la primera vez que vi La Guerra de las Galaxias no acabó de gustarme el personaje. En mi descargo, alegaré que tenía seis años y era un fan completo de Luke Skywalker. He de confesar que ese tal Han tampoco me acabó de caer bien hasta que volvió para despejarle a Luke el pasillo hacia la primera destrucción de la Estrella de la Muerte (lamento el spoiler sobre la continuación de Rogue One). Esa chica mandona que se metía con la estatura de mi héroe y que tenía mejor puntería no acababa de cuadrarme (para los que me dicen que no he sido víctima de una educación machista). Con el paso de los años y de los visionados, me fui enamorando del personaje. Sus míticas ensaimadas, los diálogos con Han Solo, su complicidad con Chewie, sus comentarios sobre su penoso rescate, el beso antes de la carbonita, su primer enfrentamiento con Darth Vader, el final de Jabba…

Qué decir de la genialidad ya comentada que hacía a una princesa la principal valedora de la antigua República. Aunque la apócrifa primera trilogía nos quiso explicar que el sistema de nombramiento de las casas reales en Star Wars era democrático, ninguno creímos semejante absurdo (en el top tres de las funestas precuelas junto a la inmaculada concepción de Anakin y los putos midiclorianos (en mi próximo libro demuestro fehacientemente que estos odiados simbiontes proceden de la imaginación de un guionista de Star Trek que consiguió infiltrarse en el equipo de Lucas)).

Una pena que Leia nos deje ahora. Sospecho que el Episodio VIII  le reservaba un papel mucho más digno que el cuasi circunstancial que tuvo en El Despertar de la Fuerza.

Hay quien dice que el corazón de Carrie Fisher falló por los excesos cometidos en su juventud con las drogas y el alcohol. Otros comentan que no se recuperó del visionado de su escalofriante CGI de Rogue One. ¡Ignorantes! Todos sabemos la verdad, a pesar de que en el Episodio VII nos la ocultaron imperdonablemente. El corazón de Leia no volvió a latir correctamente desde el fallecimiento de Han. Descansen en paz.

Sobre El Autor

Antiguamente, espadero de gran renombre. Tras sobrevivir a una muerte casi segura por herida de arma blanca, se pasó veinte años buscando a su hijo Iñigo, que le creía muerto. El encuentro no fue como había esperado. Iñigo había dedicado su vida a vengarle, repitiendo una frase que se hizo muy célebre, que aludía al supuesto fallecimiento de Domingo. Tras conseguir la ansiada venganza, Iñigo había adoptado otra personalidad y se dedicaba a la piratería, profesión en la que al fin había encontrado la estabilidad económica, la realización personal y el reconocimiento social. Domingo, no queriendo la desgracia de su hijo y que se convirtiera en el mayor mentiroso de la historia, decidió desaparecer antes de que Iñigo le reconociera y consagró los años que le quedaban al estudio y a la reflexión. Así descubrió una figura clave en el mundo de la Ciencia, Otto von Utter, desconocido personaje de importancia capital en el desarrollo científico de nuestra sociedad. Domingo nos desvelará la participación y la interacción de Otto con los principales científicos del mundo. Es posible que también nos cuente otras cosas, porque desde sus tiempos de espadero es propenso a la divagación y al circunloquio. Podéis seguirle en la cuenta @domingo_montoya , y ver como un espadero toledano se defiende en twitter.

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